Polvo de hada entre alfombra de corazones.

El polvo de hada es lo que sintió Jorge al espolvorear su árbol mágico con pigmentos dorados, me miró como si de verdad fuera su hada y me dijo entonando con su voz bajita: ohh, polvo de hada…

Me sentí vista y transportada con el corazón inocente e ilusionado de un niño cuyas dos manos tenía imposibilitadas y cuya mirada era algo triste y apagada cuando entró. Yo era sus manos y él las mías y había una transmisión a modo de espejo, yo le veía y él me veía. Acabó su árbol, disfrutó de su propio mecer, de su propio ritmo y se fue a lo que a mí me inspiró como alfombra de corazones, que es un lugar de juegos con una alfombrita donde se respira una sensación de nido y de corazón.

Este taller consistía en la creación de unos árboles mágicos donde, a partir de un deseo escrito en el papel, se iba estructurando, creciendo, un árbol mágico.

Más o menos todos los niños crearon su árbol, unos más bidimensionales y otros más tridimensionales.

A mí me pareció que cada uno se fue ajustando a su ritmo de trabajo, de expresión, que la disposición de materiales se ajustó a lo que cada participante necesitaba y que, por sus caras, disfrutaron de un rato agradable, de hecho alguno preguntó que cuándo volvía a haber esto, a pintar.

Lo que a mi más me tocó fue sentir el corazón que se le pone por parte del equipo de profesores y maestros y lo que me llevé fue observar las caras de todos después de salir cada una de sus sesiones, Paco, Juana Mari y yo, Intia, en el del taller de “Martes con Arte”, Ana en oncología, con sus disfraces para el carnaval, los dos compañeros profesores…  eran caras llenas de muchas cosas bonitas…

El aula donde se imparte el taller me hizo sentir muy cómoda, llena de recursos. Había biblioteca, zona de juegos, ordenadores, las paredes llenas de alegría, de colores, con muchos trabajos colgados, la disposición de las mesas muy integrada, donde los niños más pequeños con los niños mas grandes, así como los niños que vienen encamados, están todos en buena comunidad espacial, donde se respira esa matriz afectiva que allí hay.

Sinceramente, me sentí muy alegre y feliz de estar allí, en mi segundo año, de poder contribuir a acompañar con mi arte a esos niños y a esos padres ya que en esa sala te dejan a sus tesoros más queridos. Estar rodeada de gente con ganas de hacer y de estar allí y no en otro sitio.

Compartir este taller con Paco me fue muy cómodo y gratificante, había un buen feedback, cada uno estaba con un niño o no, cuando contamos el cuento, explicar los árboles… Había preparación de varios días de cómo estructurar el taller y sin embargo, la escucha estaba presente y ni me sentí, ni sentí a Paco, como algo que hiciéramos con rigidez. Era fluido, si un niño demandaba que quería un color marrón, pues se le daba e incluso se mezclaba para que fuera un marrón más acorde con ese niño.

La ayuda inestimable de una chica voluntaria apoyando el taller, la enfermera y Juana Mari que con su ayuda, desde el detalle de ponerle a cada uno sus nombres en una plaquita preciosa llena de colores, facilitarnos los materiales y lo más importante, el conocimiento de los niños. Recuerdo especialmente un niño que entró llorando y llorando que no se despegaba de sus padres y ella dijo algo así: que entre que luego le gusta y se lo pasa bien, para eso lo tomó y lo tuvo en sus brazos el tiempo necesario. Efectivamente, luego se lo pasó muy bien.

La figura que más me llevo es la alegría de que existan estos espacios, donde el principio de integración sea tan claro y que la normalidad sea seguir yendo a un cole, diferente pero cole, donde hay arte, los martes, música y payasos.

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